Cuentos

Muñeca brava

Pezones envenenados

Las ratas

Los Zorros de Londres

Los Vendedores de Humo

 

Punto y Coma

Empleo las palabras que me has enseñado.

Si no significan nada, enséñame otras.

O deja que me calle.

Samuel Beckett

Cuando la luz del día me despierta, me levanto , miro los dedos de mi mano derecha y con el dedo índice de la mano izquierda los señalo contándolos.

—Uno, el pulgar, dos, el índice, tres, el mayor, cuatro, el anular, cinco el meñique. Dejo de concentrarme en mi mano derecha para observar que en mi mano izquierda también tengo cinco dedos, miro las palmas de mis manos y muevo los dedos como lombrices desesperadas.

Después las enfrento, quedan suspendidas a la altura de mis ojos. Les ordeno que se mantengan firmes mirándose entre sí por una eternidad de varios segundos hasta que con satisfacción percibo que mis manos son perfectas.

Me gusta mi piel color canela, soy feliz con mi nariz y por la mañana después de tomarme un café negro, negro, me siento frente a la computadora a escribir. Cuando me canso voy a Hyde Park a sentir el frío. A gozar del viento en la cara y tener mis dedos congelados mientras la lluvia tímida golpea incesantemente los árboles y las gotas estallan al chocar contra el suelo.

En el otoño del 14 él estaba parado sobre uno de los senderos que las hojas muertas ocultaban. Dibujada en la palidez de sus mejillas chupadas tenía las huellas que suelen dejar los excesos.

El sol y la lluvia se alternaban, iluminando y oscureciendo su cuerpo, dibujando su silueta mientras su sombra se acostaba sobre el pavimento.

Lo observe balanceando uno de sus brazos y de la punta de sus dedos se desprendió una nuez que recorrió bruscamente el espacio que existía entre él y la ardilla que lo estaba esperando .

Yo jugaba con las fantasías que había acumulado entre mis cejas mientras miraba la nuez elevarse. Aplaudí con timidez sonriendo.

—Bravo —dije

El me devolvió una mirada imperceptible y saco de su bolsillo otra nuez.

—Me llamo Noon—dije.

—Ryan—me contestó.

Esperamos que la ardilla volviera por más comida hasta que nos echamos a andar, arrastrando los pies, nos embarramos los zapatos pateando las hojas muertas.

Balbuceamos nuestras incoherencias preferidas mientras explorábamos el Hyde Park y recorrimos nuestros pasados a modo de presentación.

—Nací en Irak. Mi padre era periodista. Fue asesinado en los bombardeos a Bagdad, fue una de las víctimas de Bush y Blair. Emigré con mi madre a Londres donde estoy desde el 2003. Estudie literatura. Como crecí entre libros hice lo único que sabía hacer – escribí, publiqué dos libros, el primero una serie de diez cuentos sobre Londres y el segundo una novela autobiográfica donde relataba como los conflictos de Bagdad me perseguían. Ahora estoy apuntando notas o mejor pretendiendo escribir una novela aunque voy garabateando ideas en mi computadora sin encontrar las palabras porque estoy perdida.

—También yo soy inmigrante, vengo de Irlanda del Norte—dijo él y continuo.

Mis padres eran militantes políticos, yo era el hijo rebelde, vendía hachís a mis amigos hasta que compañeros de mis padres, miembros del IRA, comenzaron a interesarse en mis negocios y me dieron la opción de irme; si me quedaba las consecuencias serían dolorosas. No sé, tal vez un tiro en la rodilla como se acostumbraba.

— Es extraño refugiarse en el país que destruyo mi vida —dije sin pensarlo.

—UK es un reinado de violentos.

—Seguro que es la tierra, contesté.

Cuando llegamos a Marble Arch, él miro su reloj, me dio una tarjeta con su dirección y se fue. Yo me quedé en el parque mientras el sol y las nubes jugaban con las luces y las sombras en el Speaker’s Corner. Con curiosidad, escuche a los oradores del disparate hasta que fui desplazada por la oscuridad.

Pasaron varias semanas hasta que por la tarde del domingo, después de horas de fracasar en mi intento de escribir, salí a la calle a sentir el frío mordiéndome los labios.

Llamé por teléfono a Ryan. Atendió desconcertado.

Le recordé como nos conocimos.

—Hyde Park, la ardilla que corrió a refugiarse en un árbol.

—Ah sí —dijo sorprendido.

—Nos podemos ver está tarde?

—Para qué?

—Para nada en particular. No conozco mucha gente en Londres y pensé que podríamos pasear juntos.

Recorrimos Hyde Park. Fuimos desde Bayswater Road a Kensington Road, vimos el lago artificial Serpentine, luego pasamos por el nuevo restaurante de la arquitecta iraní.

Nuestras risas coincidían, nuestras manos se buscaron. Esa tarde me enteré que al llegar a Londres, Ryan abandonó las drogas y se dedicó a cantar en una banda de rock irlandesa. Tocaban en algunos pubs del barrio de Kilburn.

—Porqué Kilburn? pregunté inocentemente.

—Porque quería redimirme ante mis padres.

—No entiendo.

—En los pubs de Kilburn se decía que juntaban dinero para financiar al IRA. Hasta que un día nos peleamos y la banda se desintegro.

—Es la tierra —le dije.

—¿La tierra?

A la semana siguiente lo invite a que me visite en mi departamento.

Trajo su tímides y una botella de vino.

Nos amamos.

Sentada sobre la alfombra roja, narré la historia de la mujer con corazón de vidrio que había leído ayer.

—Fantasías del medio oriente —dijo él.

—Sí, lo escribió Amina Shah —contesté.

Ryan caminaba impaciente alrededor del living room sin detenerse.

Tenías razón, la tierra crea conflictos. Marco Polo en sus viajes relata la historia del rey que viendo que su pueblo era dócil y benigno, se preguntaba porque sus vecinos eras belicosos y violentos.

Convoco a un grupo de sabios de su reino y les preguntó el motivo por el cuál sus vecinos se enredaban en continuos conflictos.

Los sabios consultaron las razones posibles y luego de pensar por un tiempo prudencial se reunieron. Llegaron a la conclusión que la culpa era de la tierra que pisaban.

El rey ansioso, espero la respuesta, cuando una comitiva de los sabios le contó sus conclusiones.

—El motivo de sus disputas es la tierra.

El rey incrédulo, dudo de los sabios, hasta que decidió probar la veracidad de los mismos. Envió varios carros al reino vecino para recoger tierra y traerla a su residencia. Cuando volvieron, ordeno esparcir la tierra sobre el piso del comedor de su palacio y luego la cubrió con alfombras.

Organizó un banquete para los habitantes de su reino, quienes consumieron exquisitos manjares y vinos deliciosos que el rey había hecho preparar para la ocasión, hasta que dos hombres comenzaron a discutir. Al principio civilizadamente pero gradualmente subieron el tono de sus voces, se intercambiaron insultos hasta que estallo un conflicto generalizado donde todos discutían con una furia jamás vista en su reino.

El Rey satisfecho, aprobó el veredicto de sus sabios.

—Es la tierra —dijimos.

—Maldita tierra.

La novela que no podía escribir estaba agonizando, entre mi incapacidad literaria y Ryan que había pasado a ocupar un espacio inmenso en mi cabeza.

Sin poder hilvanar un capitulo decidí cambiar de método. Abriría una página, al azar distribuiría comas, puntos, puntos y comas, luego las uniría con palabras.

El próximo domingo por la mañana Ryan vino a buscarme. Cuando le conté que pensaba hacer se puso más pálido que de costumbre.

—Estás loca —dijo apretándome el brazo —Tendrías que buscar un libro y plagiar las comas, etc. página a página y después rellenar los espacios con palabras.

—Me ayudas.

—Claro. A que autor le plagiarias los puntos y las comas?

—Marcel Aymé —me dije.

—Ya está, usaremos uno de sus cuentos, sí, El hombre que atravesaba las paredes.

Nos sentamos sobre las sillas alrededor de la mesa de la cocina.

La tarea a que nos habíamos encomendado era demencial.

Ryan comenzó a contar —Palabra de tres letras, un espacio, continua con palabra de 5 letras, espacio, otra palabra con 4 letras coma, palabra de 2 letras espacio otra de 6 letras, coma y así hasta el final del cuento.

En la primer página copie las primeras palabras del cuento de Aymé: En Montmatre. Yo seguía a Ryan, configurando las páginas en mi pantalla en relación a lo que él me indicaba.

Cuando finalizó el cuento decidí copiar la última oración, anote: perforan al corazón de la pared como gotas de luz de la luna.

El único vestigio de plagio serian el principio y el final.

Trabajé hasta que los ojos me ardían de felicidad, la historia que estuve buscando se fue desarrollando frente a mi, palabras tras palabras, hasta que escribí FIN.

Cuando lo terminé, fuimos a festejar con Ryan. Mientras cenábamos, planificamos que hacer con el cuento.

Lo publicamos nosotros, me dijo.

Él se ofreció a diseñarlo y lo imprimirían sus amigos irlandeses. Lo enviaríamos a un concurso donde ganaremos miles de libras y seremos felices.

Reímos.

Una semana después, Ryan trajo un CD con el diseño. En la parte superior de la tapa estaba mi nombre, Noon Rasheb, debajo una foto de mis manos enfrentadas, encerrando un punto negro. El título estaba al pie de la página: ‘Punto, coma y otras cosas’.

Enviamos el CD a la imprenta de los irlandeses, quienes nos prometieron que lo terminarían en dos semanas, el tiempo justo para poder enviar el libro al concurso que habíamos elegido.

Llegaría el lunes por la mañana y por la tarde lo mandaría ya que el martes es el último día que aceptan los cuentos.

Estuve las dos semanas esperando la llegada de los libros. El lunes por la mañana no arribo y comencé a preocuparme. Una de mis vecinas me llamó por teléfono para avisarme que había recibido unas cajas que eran para mí, pero que como no estaba en su casa y volvería muy tarde, no podía dármelos hasta el martes.

Debió entender mi preocupación porque me preguntó que me pasaba. Le explique que las cajas contenían libros que lo habíamos publicado para presentarlo en un concurso literario de cuentos, y debería enviarlo hoy por la tarde a más tardar.

—Puedo preguntarle a mi madre que vaya a mi departamento a buscar un libro y si me das la dirección del concurso, le pido que lo envíe—me dijo.

Acepte aliviada…

Al día siguiente mi vecina Lizzie me llamó para que vaya a buscar las cajas con los libros y contarme que su madre envío el día anterior dos ejemplares a la dirección que yo le había dado.

Una vez en mi cocina advertí que en una de las cajas había un sobre. Lo abrí y antes de leer, llame a Ryan.

Estimado cliente, dado la caótica situación económica en que nuestra imprenta se encuentra debido a erróneas decisiones comerciales y los consejos inciertos de nuestros asesores, nos encontramos en un cul de sac.

Por estas circunstancias, decidimos pelear por nuestra supervivencia y comenzamos por ahorrar la tinta en nuestras impresoras. Es por ello que evitamos las palabras y solo imprimimos acentos, comas y puntos, dado que el punto y coma es un signo no muy usado, decidimos no incluirlo en nuestra publicación. Eso si, para mayor comprensión del cuento, mantuvimos las primeras y las últimas palabras. Además prometemos que en el futuro haremos una publicación de lujo para su próxima novela con todas las palabras.

Le rogamos sepa entender la situación en la que estamos y nos ayuden con su buena voluntad a superar este mal momento por el que pasa nuestra pequeña empresa.

Mire mis manos que temblaban de furia.

Quiero ir a matar a tus amigos.

—Cálmate, es la tierra –dijo Ryan.

—Que hacer? —me pregunté.

—Esperar, aunque es un chiste demasiado caro.

Pasaron tres meses y cuando el silencio nos hizo pensar que me ignorarían, recibimos una carta de los organizadores.

—Gané el premio —me dije —sino para que me mandan una carta.

Abrimos el sobre, leímos.

Retire su cuento del concurso o les mandamos a la policía por plagiar a Marcel Aymé.

—¿Quiénes son los dueños de las palabras? me queje.

—Los irlandeses, dijo Ryan.

Muñeca brava

Sos un biscuit de pestañas muy arqueadas

muñeca brava bien cotizada.
Sos del Trianón, del Trianón de Villa Crespo,
milonguerita, juguete de ocasión.

Enrique Cadícamo

La música de Buenos Aires se escapaba por las puertas abiertas del improvisado salón de baile del pub de la esquina de Junction Road y Dartmouth Road, cerca de la estación de Tufnell Park.

José marcaba el ritmo del tango con las palmas de las manos, mientras que su voz se escuchaba por encima de la música diciendo:

—Uno, dos, uno. Mover el pie izquierdo, lentamente hacia dos, tres, dos. Ahora con el derecho dar un paso también hacia adelante, pero solo recorriendo la mitad de la distancia. Tac, tac, tac. Repetir el movimiento con el mismo pie —siguió— tres… con el pie derecho dar un paso exagerado hacia el costado, abriendo las piernas de manera tal que le permita al compañero introducir su pierna entre las del otro, tirando una patada asustada…

—¿Escuchaste bien? Patada asustada —dijo El Tuerca.

—Te avisé que este lugar iba a oler a nostalgia bostera —contestó Luis.

—Se parece al salón de baile de los Bomberos de Echenagucía, en Gerli, más que a las cantinas de La Boca.

Un póster anunciaba: “Clases magistrales de tango, María y José LOS ESPERAN”. Debajo del texto, una foto de ellos bailando en el salón de baile de la confitería La Ópera, en la calle Florida de Buenos Aires.

—Bíblicos los bailarines —comentó Luis.

—Erotismo en movimiento.

José explicaba los pasos que se debían hacer para bailar el tango. María lo miraba silenciosa. El bandoneón de Aníbal Troilo desprendía melancolía en la noche fría de Londres. En el centro del salón, varias parejas seguían las instrucciones con movimientos controlados y torpes. José estaba engominado a lo Carlitos Gardel, él la tomó por la cintura, milonguearon… Sus cuerpos prometían sin conceder.

Luis se puso pálido.

—Estoy emocionado estoy —dijo —. Se sacan chispas se sacan.

Cuando las luces se encendieron, las mujeres se sentaron alrededor de las mesas, mientras que los varones se quedaron flotando en pequeños grupos en el medio del salón.

—Al gran pueblo argentino, ¡salud! —dijo Luis.

—¡Quién diría! Antes exportábamos vacas, ahora la música de tango.

—Loco, es lo mismo. Esta gente tiene deseos carnales.

El Tuerca odiaba el tango porque reiteraba la historia de la mujer que le mete los cuernos con el mejor amigo; él la perdona sin matarla, o después de matarla va a vivir a la casita de los viejos con la mamá.

En su juventud le había gustado la cumbia de Los Wawancó, no el tango, esa música de viejos. Recuerda, sin resignarse, el recital que se perdió en el club Independiente de Avellaneda por no tener dinero para la entrada.

Luis prefería los tangos clasistas, esos que la piba del barrio –a la que el almacenero le robó un beso cuando eran adolescentes– lo abandona por un bacán que se la lleva a vivir a Barrio Norte. Cuando se separan, ella se gradúa de puta de ricos, mantenida por “nenes bien” que le bancan las pilchas y el champán. Pero el tiempo, amigo de los amantes desechados, la destruiría; la belleza se le marchitaría hasta quedar arrugada como una pasa de uva. Entonces, tatatan… nadie la va a querer vieja, fané y descangayada… Venganza a largo plazo.

—¿Qué quiere decir fané? —preguntó Luis.

—Estropeado —contestó El Tuerca.

—Bajemos al pub a tomar cerveza…

Corrieron escaleras abajo y se tiraron sobre los sillones de terciopelo violeta. Cuando se estaban acomodando sobre los asientos, antes de que El Tuerca pudiese pestañear, se sentó a su lado un gigante de piel rosada que hablaba gesticulando nerviosamente.

—¿Sudamericanos?

—Sí, del sur, Argentina.

—¿De dónde?

—Porteños —dijo El Tuerca.

—¡Ah! yo estuve en Buenos Aires —dijo extendiendo su mano a modo de presentación—. Richard, Richard Mc Pierse. La Boca, casas de colores muchos. ¡Ah! bellas las muchachas de Constitución.

—Luis Llanos.

Sentado con la tranquilidad que suelen tener los indiferentes, El Tuerca le extendió la mano.

—Cerveza para tres —dijo el gigante, levantándose—. ¿Cuánto tiempo llevan viviendo en Londres?

—Mucho —dijo El Tuerca.

Richard había nacido en Londres, sin embargo se sentía escocés porque sus padres eran de Glasgow y habían venido a Londres con la esperanza de trabajar. Soñaron con ahorrar dinero durante algunos años para comprar una casa en Escocia. El paraíso que fueron a buscar resultó un infierno de techos con goteras y lauchas en los entrepisos, las que asomándose a la cocina, en sus corridas nocturnas, cagaban dejando pruebas de sus pasos.

Alzando las pintas de cerveza brindaron.

—Salud —se escuchó tres veces.

—¿El Tuerca es tu nombre? —preguntó el escocés.

—Me llamo Daniel Estorqui, alias El Tuerca. Soy mecánico de autos y en Buenos Aires a los fanáticos de los autos se los apoda “Tuerca”.

El pub olía a cerveza rancia; el hedor se desprendía de las alfombras y los asientos de terciopelo violeta. “Quizás es pis de borracho”, pensó Luis.

Detrás de la barra, una jovencita pecosa atendía a los clientes, sirviendo con una mano y cobrando con la otra, corriendo en los dos metros cuadrados de espacio que tenía a su alrededor. Luis la miró y pensó en los peces de colores que van de un lado al otro de la pecera, sin golpearse, girando en el momento preciso para esquivar la pared de vidrio.

El gigante escocés confesó:

—Me gustaría acostarme con ella.

Luis y El Tuerca se miraron con complicidad.

—¿La bailarina o la camarera? —preguntó Luis—. La bailarina es la pareja del bailarín y la camarera es demasiado joven.

—María, es socia de José en la escuelita de tango, no su pareja —dijo Richard.

Sonrió satisfecho, mirando hacia atrás compulsivamente, como esperando una sorpresa que no llega.

El escocés había llegado a Buenos Aires en 1972 después de cruzar el océano Atlántico en el Hope, un barco de bandera liberiana y tripulación internacional. Anclaron en el río Matanza, en la Vuelta de Rocha, en el puerto de La Boca.

Una tarde húmeda de Buenos Aires, de esas que transpiras solo por respirar, salió a pasear con sus compañeros de ultramar. Entraron en un bar de la avenida Colón. Iban dispuestos a celebrar, y celebraron hasta que el alcohol desató una batahola brutal entre los parroquianos, donde todos se peleaban contra todos. Volaban sillas, mesas, vasos y botellas. En el medio de la batalla sintió chocar un puño sobre su pómulo, que estalló en un moretón rojiverde. Después le fue difícil recordar. Se desvaneció mientras los golpes le seguían lloviendo por todo el cuerpo; al caer atinó a cubrirse la cabeza.

Exhaustos de alcohol y violencia, decidieron terminar la riña como había comenzado, incomprensiblemente.

Regresaron al Hope arrastrándose por las calles de adoquines.

Al capitán no le resultó difícil adivinar qué había pasado al verlos llegar ensangrentados y sucios. Sabiendo que su control sobre la tripulación era limitado, trató de esclarecer el motivo de la gresca ocultando su furia.

Richard estaba agotado por los golpes y el alcohol y decidió desembarcarse antes de enfrentarse con el capitán a quien odiaba. Fue a su camarote, juntó sus pertenencias en una bolsa sucia, la llenó de ropa sucia. Bajó la escalera y, antes de pisar los adoquines de la calle del puerto, se dio vuelta y escupió en dirección al Hope.

Quedó varado en Buenos Aires sin rumbo. Caminó en medio de la calle que bordea el Riachuelo, en el barrio de La Boca. Trabajó para sobrevivir, hasta que un día en un bar de El Bajo, en la calle Tres Sargentos, entre putas y vino, conoció a Bernard Brine, un francés Pied Noir, ex miembro de la OAS en Argelia, contrabandista en Argentina.

Conversaron en una mezcla de inglés, francés y castellano etílico. Se hicieron amigos, y Bernard le ofreció ayudarlo. Richard aceptó la oferta estirándole su mano abierta para sellar el acuerdo de malandras.

Bernard organizaba los viajes a Perú y los financiaba. Iban a Lima o a Arequipa, donde él tenía contactos. Compraban todo lo que podían y regresaban a Buenos Aires para venderlo a los puesteros de la placita de San Telmo. Richard debía aprender; bue’… no había mucho que aprender; el comercio tiene sus leyes y son muy simples: engañar dos veces, mentir para comprar barato y mentir para vender caro.

El riesgo estaba al cruzar la frontera; pero nunca tuvieron problema. Los gendarmes los miraban, miraban los pasaportes y los dejaban seguir, sin sospechar que llevaban objetos de valor en el hueco de la pata de palo de Bernard y también en las maletas.

—Bernard era un hombre misterioso, era hijo de colonos franceses —dijo el escocés.

El Tuerca se tiró sobre el respaldo del sofá y dijo con sorna:

—No me gusta nada ese francés.

—¿Por qué?

—Porque a los de la OAS les patearon el hormiguero en Argelia y se dispersaron por el mundo ofreciendo sus malas artes.

El escocés se encogió de hombros, señalando que a él no le importaba si Bernard, además de contrabandista, había sido torturador o cura. Sumido en silencio, su mirada se dirigió hacia la llegada de María y José.

Luis los invitó a sentarse con ellos. María Kodinski había nacido en el barrio de Barracas, cuna del tango. La rusa era una flaca de aire ausente. Los cabellos de color indefinido le caían sobre los hombros. La piel blanca enfermiza contrastaba con la salud del cuerpo, y sus piernas eran un nudo de nervios que José desanudaba cuando la tenía entre sus brazos y el ritmo del tango despertaba al animal que había estado durmiendo en su interior.

José no era argentino ni uruguayo, tampoco se llamaba José; era serbio, y se llamaba Ragan. Había aprendido a bailar el tango con María en Londres.

El Tuerca le preguntó a Richard si el barco que lo dejó en Buenos Aires era de la marina mercante.

El escocés sonrió sin responder. Luego, dirigiéndose a María, dijo:

—No sé nada de ustedes.

Ella cerró los ojos esforzándose en reconocer esa voz.

El taller mecánico de El Tuerca quedaba en Camden Town. En la entrada hay un revoltijo de autos retorcidos y un cartel oval anunciando: Reparaciones de Automóviles El Ortiba

El Tuerca lo llamaba “La cueva de Malevich”, porque tenía las paredes negras, el piso negro con charcos de agua estancada que al mezclarse con el aceite reflejaban un arco iris indefinido. Hasta su cara y manos se ennegrecían cuando reparaba los motores negros por el aceite sucio.

Luis juntaba palabras por encargo. Estaba escribiendo cuentos plagiando el estilo de Marcel Aymé para unos publicadores de reputación dudosa, quienes de tanto en tanto descubren una obra inédita de algún escritor muerto.

Luis le preguntó a José cuál era su tango preferido.

—Muñeca Brava —dijo el serbio sonriéndole a María que había estado callada.

Richard salió a la calle a fumar.

—Ese tipo no me gusta —dijo María añadiendo—; hay algo familiar en su voz que me aterroriza, reminiscencias de un pasado que quiero olvidar.

Luis asintió.

—Es raro, pero vos le gustas. Huele a hijo de puta.

La joven pecosa salió de detrás de la barra para juntar los vasos vacíos que estaban sobre la mesa, y les dijo:

—Hablen solo lo necesario. Dicen que Richard es espía.

María imperceptiblemente tembló de odio.

Richard regresó a sentarse en el sofá.

Dispuesto a irse con María, después de compartir cervezas y medias sonrisas, se animó a invitarla a seguirlo.

—¿Para qué? —preguntó María con sorna.

—Para alimentar las hormigas.

—¿Hormigas?

—Sí, tengo hormigas marabuntas del Brasil. Fueron atrapadas en Nova Aruipa, una población pequeña a unos doscientos kilómetros de Manaos y se las llama “hormigas de fuego”. Son asesinas. Fueron alimentadas con uñas para que ataquen a los seres humanos; es decir, atacan las uñas y después devoran el resto.

María lo miró sorprendida, pensando: “qué macabro”.

El escocés, levantándose, sacó unas tarjetas del bolsillo del pantalón. La tarjeta tenía la foto de un mono y decía: Richard Mc Pierse, contrabandista de animales exóticos.

María, aceptando la invitación, le dijo:

—Bueno, vamos a alimentar a las hormigas.

Salieron del pub perdiéndose en la oscuridad.

El Tuerca, José y Luis se preguntaban por qué María se había ido con el escocés.

—María tiene muchos odios —dijo José, como si supiese algo que no quería compartir.

Tres días después, Luis llamó por teléfono a El Tuerca.

—¿Leíste el diario?

—No.

—Descubrieron el esqueleto de Richard en su departamento. No se sabe cómo murió, aunque la policía sospecha que fue devorado por hormigas. Solo hay vestigios de ellas, pero no han podido encontrar ninguna. El cronista ironiza, preguntándose cómo llegaron las hormigas marabuntas al departamento. Tampoco puede explicarse por qué el reproductor de CD repetía el tango Muñeca Brava.

Quedaron en encontrarse en el pub por la tarde.

Estaban tomando cerveza cuando vieron entrar a María, resplandeciente.

 

Pezones envenenados

Todo es veneno, nada es sin veneno.
Solo la dosis hace el veneno.

Theophrastus Bombastus von Hohenheim

Usted sabe que está mintiendo, viene a verme y cuenta una

historia de un mar celeste de olas gigantescas,

a lo lejos, frente a un pueblo de pescadores, se ve el horizonte.
Nosotros estamos tratando de armar un rompecabezas de un paisaje

campestre con olor a bosta de vacas.

Sin pueblo ni horizonte. ¡¡Por favor!!

Ésta mañana recibí un correo electrónico inesperado. Era de Isabel, Isabel Padilha, y el contenido era aún menos esperado. Leí:

Llego al aeropuerto de Girona a las diez de la mañana del domingo. Estaré en tu casa alrededor de las 11:30.

Besos,

Isabel

Desde entonces estuve imaginando nuestro encuentro. La esperaré en la pequeña terraza del frente de la casa, atento a los ruidos de la calle. Cuando llegue, arrastraremos las valijas para subir por la escalera. Ella describirá el viaje en avión; las trece horas de vuelo; lo que durmió o lo que no pudo dormir; las incomodidades de los asientos que le impedían extender sus piernas. Sé que estas situaciones comienzan inocentemente y terminan de cualquier manera; no seremos tan vulgares como para hacer algo que tendríamos que haber hecho hace mucho tiempo. Tal vez, nos sentiríamos culpables de cometer el crimen de vivir, de respirar, de ser arropados por la violencia de la Tramontana en la Plaza de Cuatro Vientos, en Madremanya.

La llevaré hasta la habitación que preparé para ella. Por la tarde, subiremos a la terraza para ver el sol hundirse en las nubes anaranjadas y nos quedaremos en silencio, suspendiendo la vida que comenzará en cualquier instante.

Trataremos de atrapar nuestras historias con palabras, nombrando los hijos que tuvimos, las separaciones, los amigos, las felicidades y tristezas, y terminaremos hablando de trabajo, ese castigo que ocupa nuestras vidas, y de cómo fuimos empujados a un costado de la historia. Ella enseñando geografía en un colegio secundario, yo perdido en un pueblo del Ampurdán escribiendo cuentos que nadie lee. Cuando el sol desaparezca, iremos a cenar a la cocina y recordaremos vagamente el día que nos conocimos.

Le contaré que por entonces me entretenía con un juego que había inventado. Yo lo llamaba “el perseguidor”, y consistía en cazar una idea entre los libros que compraba furtivamente en las librerías de la calle Corrientes. Leía hasta encontrar una oración de significado incomprensible que me persiguiera.

Ese día, antes de ir al café, había comenzado a leer Los pintores del ocio, de Juan Cruz Lombardini. Era un texto carente de matices, narraba la vida de un grupo de bohemios en una ciudad sin nombre. Lo que más me intrigaba de su narrativa eran los encuentros sexuales. Los describía como quien está mirando el reloj para saber la hora. Solo se entusiasmaba cuando hablaba de los ojos, ojos que acariciaban, ojos llenos de odio; ojos; ojos con miradas como cuchillos, ojos atractivos, ojos negativos… ojos verdes, azules, marrones, arco iris…

Hasta que llegué al capítulo titulado El Gran Masturbador. Mi satisfacción se confundía con las titilaciones sexuales que le producirían a Lombardini escribir tanto disparate.

La luz tenue reflejaba los objetos; él, el Gran Masturbador sentado en su cama se miraba al espejo, la lengua le colgaba entre los labios, una baba burbujeante le recorría los límites de la lengua, mientras las burbujas estallaban.

Él, el Gran Masturbador, era el poeta cósmico, atrapado en las locas crispaciones de sus nimias fantasías aéreas.

¿Nimias fantasías aéreas?

La baba del universo eran las palabras, era ella, era él sentado sobre su cama masturbándose, mirándose mirarse; la imagen de ella se va adueñando de su imaginación mientras la agitación crece hasta sacudir su cuerpo como una hoja en el viento, desesperado de desesperación tácita.

Mientras su mano libre busca escribir un poema de sonidos alucinados que inscriban en la columna vertebral del tiempo su nombre: Isabel.

—Guau —me dije. Me detuve al leer.

“En la torre de la calle Arroyo vive Isabel, la de los pezones envenenados”.

Anoté en la contratapa del libro algunas variaciones. “En la torre de la calle Arroyo, la pasión envenenará los pezones de Isabel”. “Isabel, la de la torre de la calle Arroyo, tiene las lolas envenenadas”.

Recordaremos que nos conocimos una mañana de otoño sin sol ni lluvia. Un día anónimo cuando los jacarandás y los palos borrachos se deshojaban. En el bar del Socorro, frente a la iglesia de Nuestra Señora del Socorro, en la calle Arenales. Fue el día que el Teniente General Eugenio Aramburu, uno de los jefes de la Revolución Libertadora, había sido secuestrado por un grupo de militantes políticos desconocido. El significado histórico de lo sucedido se le escapaba a mi arrogancia mientras tomaba café y trataba de descifrar el mensaje del texto que había leído.

La vi llegar con Olegario Aniue. Entraron al bar como si buscaran a alguien. Cuando llegaron frente a mí, él apoyó sus manos abiertas sobre la mesa sosteniendo el peso de su cuerpo sobre sus palmas y comenzó a hamacarse levemente mientras hablaba como un adolescente apurado. Entendí que debía salir por media hora o menos y si era posible que ella se quedara conmigo.

—Isabel —dijo a modo de presentación.

Antes que le pudiese responder, se fue.

Nos quedamos en silencio, mirándonos; yo con curiosidad, ella con indiferencia. Sus párpados caídos indicaban tristeza; nunca supe si era real o ficciones de la naturaleza. La bauticé “La Bizantina”.

Estuvimos alejándonos sin haber estado nunca cerca. Hasta que ella se levantó y con un gesto me indicó que la siguiera. Zigzagueamos entre las mesas y sillas buscando la salida. Caminamos sobre las baldosas rotas y flojas, tuve que contener mis deseos de escaparme como había hecho Olegario. Al llegar a la intersección de la calle Esmeralda y Juncal, seguimos la leve curva que lleva hacia la calle Arroyo. Se paró frente a la antigua torre y me dijo:

—¿Quisieras ver Buenos Aires?

Isabel, la torre…

—¿Tu nombre es Isabel? —pregunté perturbado.

Ella me contestó moviendo la cabeza afirmativamente.

—Padilha, con ache, no doble l. Mi abuelo era portugués.

Subimos acompañados por el ritmo del ascensor destartalado. Al llegar al piso catorce bajamos. Faltaban tres pisos para llegar a su departamento, ascendimos por la escalera de mármol.

Tuve miedo. Me asomé por la ventana que descubría la estación de trenes de Retiro, al reloj de la Torre de los Ingleses. Vi un paisaje urbano incoherente, techos destruidos por las inclemencias del sol, las lluvias y la humedad, edificios de ladrillo al aire que había construido el arquitecto Enrique Katzenstein; a lo lejos las viejas grúas al costado de las dársenas.

Isabel se abandonó sobre una silla de cuero cerrando los ojos; me pareció escuchar su voz por primera vez. Hasta entonces nuestros diálogos fueron murmullos a los que no les presté ninguna atención.

—La cocina está a la derecha del pasillo —dijo.

Me senté frente a ella entreteniéndome con la idea de que sería la Isabel de Lombardini, una mujer peligrosa, inspiradora de poemas burdos y pasiones solitarias. Tomó una de mis manos, la aprisionó entre las suyas y nos quedamos así.

—Olegario vino a despedirse porque voy a casarme con Juan Cruz. Planeamos irnos a vivir a París por unos años. Olegario se enfureció, discutimos al principio civilizadamente, después decidimos caminar para calmarnos. Cuando llegamos a la esquina de Arenales y Juncal te reconoció en el bar.

—¿Celos?

—Sí, era amigo de mi hermano. Los espiaba mirándose en los espejos, peinándose los cabellos con la palma de la mano. Ellos salían y yo me quedaba en casa inventándoles aventuras. Con el tiempo comencé a sudar sexualidad, olía a provocación; fue entonces cuando los hombres dejaron de ignorarme.

—¿Y después?

—Una tarde calurosa Olegario vino a buscar a mi hermano. Yo estaba sola en la casa. Pretendimos pelearnos y, con la torpeza que suele tener el deseo, comenzamos a empujarnos.

La tensión entre nosotros fue creciendo. Al principio parecía un juego donde nos tocábamos sin tocarnos, cierto grado de violencia se fue colando. Nos caímos sobre el suelo y su lengua invadió mi boca. Después, solo me acuerdo del después, me quedé con los fuegos artificiales en mi cabeza y el dolor que me causó entre las piernas.

Mantuvimos nuestra relación en secreto, por razones que ahora comprendo. Crecimos juntos hasta que llegó un día en que nuestra relación se murió; dejamos de compartir las cosas cotidianas, y las conversaciones se transformaron en monosílabos. Nos quedaba el placer sexual hasta que eso también desapareció. Recuerdo la angustia que me producía nuestro silencio, la impotencia de no sentir igual que ayer.

Nos separamos lentamente y nos prometimos no amar a nadie más. Él me acusa de haber roto mi promesa. Está equivocado, yo sé que no amo a Juan Cruz.

Es hora de que te vayas —dijo de repente.

Aturdido bajé las escaleras de mármol.

En la torre de la calle Arroyo…

Pasaron veinte años sin vernos. En Buenos Aires nunca fuimos amigos; sin embargo, alimenté algunas fantasías. La lectura de Juan Cruz Lombardini el día que la conocí fue un enigma que me persiguió en Buenos Aires, Londres, Budapest y después aquí en Jafre. Ese juego que comencé y que aún espera el final. Ella viene a Jafre, y tal vez…

Escuché el chirrido de las gomas del taxi al frenar.

Bajé las escaleras de piedra corriendo para abrir la puerta de entrada y ayudarla con el equipaje. Estaba parada con una valija en cada mano en el medio de la calle. Parecía una de esas postales de emigrantes italianas, que llegaron al Río de la Plata a principio del siglo XX, con la felicidad en los labios por haberse escapado de vaya uno a saber qué horrores. La Bizantina altiva de cabellos negros y piel cetrina soltó las valijas y corrió hacia mí. Atiné a extenderle mis brazos mientras ella saltaba sobre ellos.

En la terraza, con el vaso de vino en la mano como me había imaginado, nos contamos nuestra vida, los hijos, los divorcios. Nombró a Olegario recordando el día que nos conocimos:

—Él me contó que te encontró en la estación de trenes de Constitución. Estaba caminando hacia la boletería cuando advirtió que vos estabas haciendo la cola, contabas las monedas que jugaban en la palma de tu mano. Pensó que era inevitable que se encontraran frente al tablero de partida en el centro del viejo edificio. Caminaron por el hall de la estación hasta que fue imposible ignorarse, y pretendieron una falsa alegría seguida de una falsa amabilidad.

—Voy a Adrogué —dijiste.

—Yo también, mejor nos separamos —te contestó.

Su voz se fue atenuando.

—Olegario fue asesinado durante la masacre de Ezeiza. Los Montoneros fusilaron al Teniente General Aramburu. Los generales desfilaban sobre la casa Rosada. El General Onganía fue reemplazado por el General Levingston, quien a su vez fue reemplazado por el General Lanusse, que fue substituido por el tío Cámpora, seguido por el ex General Perón… Él decía que eras un desubicado. Porque nosotros estábamos militando, pensábamos que la revolución estaba a la vuelta de la esquina y teníamos el deber moral de ir a buscarla; mientras, vos te evadías con tus fantasías hipposas y uno que otro porro.

—Yo tenía mis razones.

—¿Tus razones?

—Yo era uno de los oprimidos que ustedes querían liberar; digo “ustedes” pensando que como hijos de los opresores sentirían la culpa de haberse beneficiado.

—Seguís siendo un hijo de puta.

—Hay algo más. No podía creer que Jesús, Perón, Marx o Mao tenían todas las respuestas. Cuando escuchaba las certezas de los militantes, las justificaciones de la violencia, los crímenes de los milicos alimentándose del robo y de la muerte, me parecía estar en una película donde todos éramos culpables y todos perderíamos.

—¿Y cuál era el final de tu película?

—Todos sufrirían la violencia de sus intolerancias.

La Bizantina sonrío.

—Vine a matarte —dijo.

—Está escrito que voy a morir entre tus tetas —contesté.

Isabel se rió con toda su cuerpo mientras susurraba:

—¿Mis tetas asesinas? Pienso en todo lo que las mujeres sienten de sus tetas, que son pequeñas, aunque no tanto; que son más grandes que las de…; pero jamás que podrían ser criminales.

—Juan Cruz Lombardini, ¿lo leíste?

—No.

—Escribió el libro que yo estaba leyendo el día que te conocí. Hablaba de Isabel y de la torre de la calle Arroyo. Isabel tenía los pezones envenenados, y había un poeta masturbándose mientras que con la mano libre escribía una oda cósmica a Isabel, y encima el autor se llamaba Juan Cruz.

Ella no pudo esconder su sonrisa.

—Recuerdo una obra de teatro en la que el duque de un pueblo quiere ejercer el derecho de pernada con una doncella. Antes de acostarse con el viejo duque, ella se suicida. Y su novio, luego de envenenar los labios de la muertita, la coloca en la cama de un cuarto oscuro, invita al duque a que venga a ejercer su derecho con la esperanza de que al besarla él también se muera —contó Isabel.

—Vaya la venganza que se inventaba Shakespeare.

—¿Isabel tenía los pezones envenenados? ¿Por qué, para qué?

—Nunca lo supe. Después de leer esa oración abandoné la lectura, con la certeza de que el tiempo me haría comprender el significado. Cuando te conocí pensé que me darías la clave, que eran demasiadas coincidencias tu nombre, la torre, y si asociaba todas las circunstancias me llevarían a una respuesta.

—Vine a matarte, Pedro —repitió con amargura.

—¿Por qué ?

—Siempre sospeché que eras un cobarde.

—Los cobardes raramente mueren asesinados.

—No vine a matarte por cobarde, sino por traidor.

—Isabel, ¿a quién traicioné?

—A vos; pero es irrelevante.

Isabel, la de la torre de la calle Arroyo viene a dar una respuesta al juego inconcluso. Y no es la que yo esperaba.

Tomó mis manos entre sus manos y nos quedamos callados. La Bizantina mantenía siempre la belleza de su lado. No importaba qué estaba haciendo.

—No serán mis pezones envenenados los que te maten.

Sentí un golpe seco en el pecho y me desplomé.

Escuché sus pasos bajando la escalera mientras intentaba parar la sangre que se escurría entre mis dedos.

—Isabel, la de la torre… —murmuré—. ¡Mierda! —antes que la ausencia le ganara a la vida.

 

 

 

 

Las ratas

Yo también he soñado mi muerte; sin embargo,

pretendo que estoy vivo.

—Los Zetas, La Familia, los… la… —Escucharon la cadencia de la palabra “cuidar”, que discretamente se dibujaba en los labios de los mexicanos—. Cuídate, cuídate, es peligroso…

Es el rumor que circula de boca en boca. Yo me cuido, tú te cuidas, él se cuida, nosotros nos cuidamos, vosotros os cuidáis, ellos se cuidan.

—¿Cuidarse?

Cuando llegaron a México D.F. la atmósfera era extraña, la oscuridad de la noche se había extendido ocultando la ciudad. Las lámparas eléctricas resplandecían como luciérnagas suspendidas en el aire; tenues rayos de luz se escapaban por las ventanas de las habitaciones mal iluminadas. En la semioscuridad de las calles la gente caminaba apresurada, persiguiendo sus sombras, tratando de evitar a los amantes, a los ladrones al acecho de víctimas y a las malditas ratas que seguro se multiplicarían en las cloacas del Paseo de la Reforma.

El taxi avanzaba hacia Colonia Narvarte.

—Soñé que las ratas, después de socavar los cimientos de una casa, la cargaban sobre sus espaldas y la movían dentro la ciudad.

Era un sueño recurrente, repulsivo y cómico. Me perseguía la visión de un edificio con millones de pequeñas patas peludas desplazándose de un lugar a otro. Por las mañanas, durante el desayuno, le contaba mis fantasías nocturnas a Hericleia, con el café frío y las medialunas rotas.

—¿Las ratas otra vez? —preguntó Hericleia—. Ya sabes que viven en las cloacas, en los mercados, en rincones minúsculos alrededor de charcos de agua podrida y otras suciedades.

—Me pregunto cuántas ratas vivirán en el Mercado de Abasto de la Ciudad de México. ¡Imagínate una rata inmensa capaz de trasladar el mercado a cualquier punto de la ciudad que quisiera!

—Prefiero imaginar exterminarlas con gatos hambrientos.

—¿Cuántos gatos asesinos se necesitarían?

—No sé, pero quizás las ratas gordas se coman a los gatos famélicos.

******

Se cuidarían, sí. Vivirían en Colonia Narvarte, barrio que hasta mediados del siglo XX fue una zona semindustrial. Aún hoy se pueden escuchar los golpes precisos de los martillos, se percibe el olor a madera cortada en las carpinterías. Se quedarían en lo de Nina cuatro semanas, en un cuarto, que está en una casa, que está en la ciudad de México, en México.

Buscarían a Miguelito, el vendedor de hamacas.

La historia de Miguelito les fue contada por un mexicano, que estaba de paso por Buenos Aires, una noche de otoño en el bar Trianón de Villa Crespo.

Traía noticias de amigos que vivían en Mérida.

El hombre, llamado Arancio, era un mestizo silencioso que los saludó con un gesto imperceptible. Conversaron con monosílabos, tratando de entender por qué y para qué estaban reunidos, hasta que varios tequilas le iluminaron los ojos.

Respiró profundamente antes de hablar. Después habló de los carteles de narcotraficantes, de la religiosidad de los mexicanos, del odio ancestral contra los españoles, de la fascinación que tienen los aztecas y los mexicanos criollos con la muerte.

—Ese pinche hijo de la chingada se murió y después resucitó —dijo sonriendo por primera vez.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Constantino con curiosidad.

—El pinche Miguelito, el que vendía hamacas en Yucatán, se murió y resucitó.

—No jodas…

—Es cierto —afirmó Arancio.

—¿Qué pasó? —preguntó Hericleia.

El mexicano mordió la mitad del limón que acompañaba el vaso de tequila y contó la siguiente historia.

—Los hombres del pueblo se fueron arrimando cansinamente a la Plaza Mayor, frente a la iglesia de San Antonio. Se reunían para organizar los festejos del Día de los Muertos. Miguelito estaba conversando en medio de la plaza, cuando ocurrió el accidente. Raúl, “el Rana”, cargaba un tablón sobre su hombro, para la construcción del piso del escenario que estaban levantando en medio de la plaza, cuando accidentalmente golpeó a Miguelito en la nuca. Se desmayó.

Cuando llegó la ambulancia, Miguelito se encontraba desvanecido sobre el suelo, rodeado de las viejas del pueblo que al enterarse del accidente corrieron a la plaza para reanimarlo, le mojaban los labios con agua bendita, lo llamaban con desesperación.

—¡Miguelito, Miguelito!

Los enfermeros lo llevaron al hospital en coma. Lo dejaron agonizando sobre una cama. El médico lo atendió y le predijo la muerte.

—Es solo cuestión de horas. Llamen al cura para darle la extremaunción, así se va al paraíso —avisó el doctor.

Miguelito sentía una profunda ausencia. Flotaba desconcertado en un lugar extraño. Tuvo miedo. Se vio andando sin rumbo por calles desconocidas. Advirtió a un anciano que venía hacia él. Cuando se cruzaban, se reconocieron. Era el Taita, un indio viejo que había vivido en el pueblo. El Taita había muerto hacía ya diez años. Miguelito lo saludó con la dignidad que la vejez y la muerte merecen. Antes de despedirse, el Taita buscó en sus bolsillos un billete de cien pesos y se lo dio, diciéndole:

—A usted le va a servir más que a mí.

Estuvo muerto tres días, y al cuarto día resucitó. Una semana más tarde, salió del hospital.

—¿Y dónde vive?

—En un pueblo cerca de Mérida. Lo podrán encontrar en la playa de Celestún, donde vende las hamacas que su familia fabrica. Celestún es un pueblo frente al mar. Lo verán caminar alrededor de los restaurantes. Es un hombre alto, de maneras humildes, que lleva las hamacas colgadas de su hombro. Les será fácil reconocerlo.

Constantino y Hericleia discutieron.

—Iremos a Yucatán a buscarlo —dijo Constantino.

—¡Ni loca! El único que resucitó fue Jesús y fue para irse al cielo con su Padre, no para quedarse entre los hombres.

—¿Y Lázaro? ¿Te acuerdas del “¡Lázaro, ven fuera!”?

Entre risas, ella se dejó convencer sin convicción. Miguelito era la excusa que necesitaban para viajar a México.

En el dormitorio, Hericleia caminó en punta de pies alrededor de él, girando sigilosamente. Sus círculos eran motivo suficiente para distraerlo. Se detuvo detrás de él, abrió las palmas de sus manos, y con los dedos extendidos le cubrió los ojos y lo obligó a mantenerlos cerrados.

Los labios de Hericleia se acercaron a la oreja de él.

—Miguelito —murmuraron.

Se rieron del fastidio que les causaba la complicidad.

—Miguelito resucitó de entre los muertos —contestó él.

—La vida es una tragedia predecible, no estoy soñando —dijo ella, liberando los ojos de Constantino.

Desnudándose, se dirigió a un rincón del cuarto y se sentó sobre un almohadón que estaba sobre el suelo. Se fue cayendo hasta quedar acostada, inmóvil. Esperó que sucediese algo mientras el deseo silencioso los unía. Constantino caminó hasta llegar frente a ella y le separo las piernas. Se amaron.

—Mañana iremos a la casa de Trotsky, en Coyoacán. Visitaremos el jardín de Trotsky, que tendrá olor a tierra mojada. Pasearemos dentro del gallinero de Trotsky que estará vacío —dijo Constantino.

—Cruzaremos las puertas blindadas y entraremos al dormitorio donde un grupo de estalinistas mexicanos, aparentemente dirigidos por el muralista Siqueiros, intentaron asesinar a León y Natalia —agregó Hericleia.

—En la balacera se dispararon cuatrocientas balas de gran calibre. Contaremos los agujeros de las balas que quedaron como moscas aplastadas en la pared y pensaremos que fue un milagro que no los mataran. También iremos a la Casa Azul de Frida Khalo —concluyó Constantino.

—¿Cómo sería Rivera? —preguntó ella.

—Gordo, extraordinario y pretencioso.

—Entonces, Miguelito resucitó de entre los muertos…

—Así parece.

******

México lindo y querido…

Viajaron de México D.F. a Mérida en avión.

En Mérida se hospedaron en una casa de fachada afrancesada, restaurada por un arquitecto contemporáneo de Barragán. El interior minimalista parecía un claustro. Las ventanas a la calle estaban cerradas a perpetuidad y el jardín interior invadía el living.

Caminaron por el Paseo de Montejo, la avenida de grandes mansiones construidas a comienzo del siglo XX. Se asombraron al ver los jardines rodear las escalinatas magníficas de mármol de Carrara

—Fue el paraíso para los barones del hilo.

—Los milagros han pasado por aquí —dijo Hericleia riendo.

—¿Los milagros ya se fueron?

Marcharon a Celestún un día gris. El autobús cruzaba la Península de Yucatán en dirección hacia el mar. La ruta era un tajo espiralado entre exuberantes montañas de vegetación tropical. El autobús avanzaba debajo de una lluvia angustiosa. La guía turística que habían comprado en México D.F. describía a Celestún como el paraíso de playas de arenas blancas, flamencos rosados y ciénagas infectadas de cocodrilos. Imaginaron el mar alcanzando el horizonte frente a hoteles de carteles luminosos donde hombres y mujeres de curiosa piel rosada gozarían del sol arropador, sudando el descanso.

En el autobús viajaban mexicanos silenciosos, indios mayas taciturnos, turistas.

Constantino estaba contento porque allí conocerían a Miguelito, el vendedor de hamacas.

El autobús frenó bruscamente.

Hericleia abrió la ventana y vio en medio de la ruta una barrera de gomas de autos amontonadas. Sentados a cada costado de la misma, varios comandos armados conversaban, controlando el camino. No era el ejército, sino un grupo de delincuentes organizados que estarían esperando el paso de miembros de una banda rival.

Alrededor, la vegetación oscurecía el cielo. El conductor bajó del bus para hablar con los desconocidos, intercambió algunas palabras y volvió pidiendo a los pasajeros que se tranquilizaran, que no pasaba nada, pronto los dejarán seguir.

Una botella de leche rodó escalones abajo del bus, golpeando alternativamente, primero el cuello, después el culo, tic tac. El sonido de ambos golpes alarmó a los hombres, hasta que la botella estalló contra el asfalto de la ruta. Lo festejaron con carcajadas al ver la leche derramándose.

El que actuaba como jefe subió al bus y señalando al pasajero sentado en el primer asiento le ordenó:

—Bájese, güey.

El hombre obedeció en silencio. Se quedó parado frente a la pila de llantas en medio del camino. El sol que se colaba entre las nubes le golpeaba los ojos. Esperó su destino.

El que actuaba como jefe de los sicarios extendió el brazo derecho y haciendo un gesto circular que encerraba los pedazos de vidrio desparramados sobre el suelo le dijo:
—Póngalos juntitos.

El hombre se agachó, juntó los pedazos de vidrio y los colocó sobre el asfalto.

—Órale, ahorita se come los vidritos.

El hombre alzó la cabeza para ver de dónde venía la orden, cuando sintió que el hombro le estallaba de dolor absorbiendo la brutal patada que lo tumbó hacia un costado.

—Coma, y no se haga el pendejo.

Sosteniéndose el hombro con su mano derecha se arrodilló; con la izquierda levantó un pedazo de vidrio que sostuvo en el aire. Por un instante, todos quedaron suspendidos en un espacio vertiginoso de expectación y miedo.

Se llevó la mano hacia la boca, cuando imprevistamente cambió de rumbo y con un movimiento sorpresivo cortó la mejilla del sicario.

Treinta segundos después, las balas le segaron la vida mientras el sicario que actuaba como jefe trataba de detener la sangre que se le escapaba entre los dedos.

—Hijo de la chingada —gritó—. Putos turistas, ándele, préndale fuego al camión.

—¡Abajo, todos afuera! ¡Piérdanse en la chingada selva!

Rociaron el autobús con petróleo, le arrojaron una cerilla encendida y el camión ardió, desprendiendo la furia de las llamas. Los pasajeros se dispersaban corriendo hacia la selva. Hericleia y Constantino temblaban mientras se alejaban sin rumbo. Los hombres gritaban alucinados, disparando con sus armas al aire.

Parecía una fiesta con fuegos artificiales hasta que estalló el tanque de gasolina y la muerte se fue distribuyendo entre los distraídos. El incendio se extendió hacia los bosques en una hoguera infernal. Muchos de los pasajeros no pudieron escapar y fueron atrapados por las llamas o la asfixia.

******

Hericleia y Constantino caminaban sobre la arena blanca de Celestún. Él levantó una piedra y la arrojó al mar; la brisa los envolvía suavemente.

De pronto vieron al vendedor de hamacas que daba vueltas sin sentido, y se acercaron a él.

—Miguelito, Miguelito —lo llamaron.

Miguelito los miró con curiosidad. “Cómo sabían su nombre”, pensó. “¿Qué importa? Aquí todos nos conocemos”. Vio las ratas refugiarse entre las dunas. Sin mirarlos, les preguntó si tenían cambio de cien pesos, y siguió su camino sin esperar la respuesta.

 

 

Los Zorros de Londres

Los secretos sólo existen en la imaginación.

No hay dolor mas atroz que ser feliz.

Alfredo Zitarrosa.

         Cerramos la puerta del garaje con llave, se la entregamos a la empleada de la agencia inmobiliaria. Arreglamos como nos pagarían la comisión y fuimos al aeropuerto para regresar a nuestro país.

         Escuchamos el golpe seco de pelota de fútbol en el jardín. No pasó mucho tiempo hasta que sonó el timbre de la puerta de entrada. Abrí la puerta y allí parado había un chico de unos 10 años, quien me pidió que le alcanzara la pelota que estaba en el jardín. Le dije que esperara en la calle y yo le pasaría la pelota por encima de la pared. Cuando me dio la espalda para bajar la escalera, le pregunté —cómo te llamas?.

Charlie —dijo sonriendo.

Fui hasta el jardín y encontré la pelota. Del otro lado de la muralla los chicos corrían gritando.

Ahí va.

           Por la mañana del 18 de Enero, caminé junto Enidia, mi mujer, esquivando el viento invernal de Londres. El día había comenzado con sorpresas. La dueña de nuestro cuarto nos saco de la cama para decirnos que teníamos 48 horas para desalojar el dormitorio e irnos con todas nuestras baratijas. Estaba tan agitada que se olvido de reclamarnos las semanas que debíamos.

Quise decirle que era una hija de puta, pero la pobre no tenía la culpa que nosotros fuéramos unos parias. Éramos incapaces de mantener un trabajo por más de dos semanas, siempre nos arreglábamos para aborrecer cualquier actividad y aceptábamos cualquier excusa para abandonarlo.

Salimos a la calle a pasear, conscientes que el futuro se nos escapaba.

          —Y ahora qué?

          —Hacemos squating?

          —Con todos los locos que viven bordeando la miseria, no, para eso nos volvemos.

Llegamos a la ventana de Patel, el vendedor de diarios, la vidriera cubierta de papeles absurdos y un panel de Anuncios donde algunos desesperados como nosotros escribían notas indescifrables con proposiciones complejas, y los colgaban adentro de unos sobres de plástico transparente.

“Cambio lecciones de Español por lecciones de Farsi.”

Otro estaba escrito sobre un papel amarillo (me imagino para llamar la atención) se leía:

“Alquilo cuarto a lesbiana, vegetariana en lo posible que carezca de interés en comunicarse”.

“Mujer atractiva 40, necesita hombre profesional para ir al cine.”

No pudimos contener la risa.

           —Te imaginas el encuentro?

           —Si, ella es alta y muy flaca con aires de soy hermosa no me toques.

           —No, ella es morena y muy pequeña y es una obsesiva sexual.

           —Como quieras. Cómo sería el diálogo?

           —El la llama por teléfono y le dice. Soy profesional, te gustaría ir al cine?

           —La flaca diría. Te encuentro a la entrada de Screen on the Green, sí el cine que está cerca de la estación de subterráneo de Angel, a las 3 de la tarde. Vení con un sombrero negro. La morena sería menos precavida , le diría, vení a buscarme a casa y tomamos un café. Si me gustas, te hecho sobre mi cama y si no vamos a aburrirnos al cine.

            Los diarios estaban en una hilera sobre un estante destartalado. Desde la calle podía leer los titulares, las naderías de los pasquines siempre ocupados en la vida sexual de los famosos en particular y la de todos en general contrastaban con los horrores de la guerra en Irak en los otros diarios.

           Acostumbrábamos a ir a las inmobiliarias, de Upper Street, en Islington. Con las narices apretadas contra el vidrio de los escaparates soñábamos con los ojos abiertos al ver fotos de inodoros blanquecinos, cocinas resplandecientes de paredes lisas y colores atractivos. Distraíamos el destino que se nos acercaba peligrosamente. Enidia señalaba con un dedo los precios de las casas mientras se reía de nuestras imposibilidades. Veíamos a los empleados detrás de escritorios, rodeados de un caos de papeles, todo controlado por sus memorias prodigiosas. La empleada más cercana a la ventana nos conocía porque yo la saludaba todos los días que pasábamos. Nos miraba por encima de sus anteojos y movía la cabeza una sola vez, de arriba hacia abajo, nosotros repetíamos el mismo movimiento y nos íbamos, pero el frío de la mañana y la incertidumbre nos detuvo más de lo necesario hasta que ella se levantó dirigiéndose hacia la puerta de entrada nos invitó a pasar. La seguimos hasta su escritorio, acercó dos sillas y sentándose del otro lado del mismo nos miró sonriendo.

          —Los veo todas las mañanas mirando los anuncios. Me imagino que están buscando algo para comprar.- dijo.

          —No, curiosidad, es una manera de pasar el tiempo.

Pensé que mi respuesta sería suficiente para que nos mostrara la puerta de calle. Sin embargo, la vi juntar los dos brazos enfrente de su cuerpo y apoyarlos sobre el escritorio, tirando su cabeza hacia adelante murmuró,

          —dónde viven?

          —Cerca de aquí.

          —Alquilan un departamento?

          —Un cuarto en un departamento, lo compartimos con otra pareja.

          Nos miró en silencio, mientras un vaho de perfume se escapaba de su cuerpo.

           —Les gustaría vivir en una casa ?

Intenté levantarme para irme, no andaba para chistes, pero Enidia me detuvo agarrándome con violencia la pierna, inmovilizándome. Disimulé el dolor y dije,

          —Sería interesante.

          — Si, pero es un poco difícil ahora mismo. dijo Enidia.

          —Yo podría ayudar.

          —Cómo? pregunté recuperando mi desesperación.

          —Bueno, ustedes saben que Islington está plagado de zorros.

          —Entonces?

          —Tenemos una casa que la podría vender fácilmente si desalojamos a los zorros que viven en el jardín.

          —Porqué no contratan a un cazador?

          —Porque nuestra compañía considera que es inmoral matar, cazar o como quieran llamarlo. La casa está desocupada hace ya varios meses y ustedes podrían vivir con una sola condición: que le hagan la vida imposible a los zorros, así se van. Les daríamos tres meses de alquiler gratis y una comisión cuando se venda…

          La proposición nos convenía. Podríamos hacer nada sin preocuparnos.

          —Tenemos un problema, los zorros saldrían de su madriguera durante la noche y ese sería el momento donde tendríamos que acosarlos, perseguirlos, esto nos tendría bastante cansados durante el día impidiéndonos trabajar.

          —Qué quieren, dinero? dijo levantándose bruscamente y desapareciendo detrás de una puerta que tenía el cartel de DIRECTOR.

          Volvió sonriendo…

          —Les adelantaríamos el dinero de la comisión.

          —No, gracias. Queremos £200 por semana más la comisión. Como se dará cuenta, trabajaríamos 10 horas por día cada uno, siete días a la semana que sumarían 140 horas. Si lo dividimos, estarían pagando £ 1.40 por hora, casi tres veces menos el salario mínimo.

          —Está bien —dijo ella resignada.

          Fuimos hasta la casa en cuestión en su automóvil.

          —Es en la próxima esquina —nos dijo frenando el coche para estacionarlo.

          —La calle era simple, con esas caras limpias que suelen tener las Terrazas Victorianas. Todos los frentes iguales, para ahorrar dinero y no por falta de imaginación, discusión recurrente entre Enidia y yo.

          —El ahorro es la base de la fortuna de los Puritanos –

          —Nash construyó las casas de Regent Park con los materiales más baratos posibles para ahorrar, aunque tal vez lo hizo para vengarse del Príncipe Regente que se acostaba con su mujer.

          Escuchamos el golpe seco de pelota de fútbol en el jardín. No pasó mucho tiempo hasta que sonó el timbre de la puerta de entrada. Abrí la puerta y allí parado había un chico de unos 10 años, quien me pidió que le alcanzara la pelota que estaba en el jardín. Le dije que esperara en la calle y yo le pasaría la pelota por encima de la pared. Cuando me dio la espalda para bajar la escalera, le pregunté —cómo te llamas?.

          —Charlie —dijo sonriendo.

Fui hasta el jardín y encontré la pelota. Del otro lado de la muralla los chicos corrían gritando.

          —Ahí va.

          Abrió la puerta. Entramos a un hall que era un pasillo angosto sin decoraciones, tenía las paredes de color blanco brillante que hacían doler los ojos. A la derecha había una puerta que daba acceso al Living Room, del lado opuesto una escalera, al final del pasillo también a la derecha un baño y al final un cuarto. Al abrir la puerta nos enfrentamos con una ventana que da al jardín.

Este cuarto sería nuestro lugar de observación. Frente al baño, otra escalera conducía al semisótano, allí estaba la cocina reluciente y moderna como las que veíamos en las vidrieras.

          —Pueden usar el baño, la cocina y el dormitorio que está en primer piso y da a la calle. Ah, vayamos al jardín y les muestro el garaje.

          —Allí atrás debajo del garage, viven los zorros hay por lo menos una pareja y sus hijos…

          —Déjelo por nuestra cuenta.

          Corrimos por las escalera hacia arriba y abajo, entrábamos y salíamos de los cuartos a los empujones. No podíamos entender nuestra suerte.

Enidia preguntó —qué hacemos con los zorros?

          —No tengo la menor idea y lo que es peor jamás vi un zorro.

          —Yo si, vi el Llanero Solitario en la televisión.—dijo ella burlonamente.

          —Pero el está en Nuevo México y nosotros en Londres.

          —Qué vamos a hacer con los zorros?

          —Fácil, llenamos el garaje de comida, dejamos la puerta abierta, cuando entran cerramos la puerta y esperamos que se mueran.

          —Fantástico pero cómo cerramos la puerta sin espantarlos?

          —Nos sentamos a esperar desde la ventana de la habitación del primer piso, mantenemos la puerta abierta atando una soga a la manija de la puerta y nosotros controlamos la otra punta de la misma, conseguimos esos mecanismos que cierran las puertas automáticamente y lo instalamos, cuando ellos entran nosotros largamos la soga y se quedan atrapados. Los dejamos encerrados un par de días y después vemos cómo nos deshacemos de ellos.

          Tenemos casa por tres meses, debemos tomar el trabajo con tranquilidad…y después volvemos a nuestra tierra. Nuestra rutina cambió poco, de no hacer nada ahora seguimos haciendo nada. Decidimos que lo mejor sería primero ver cómo eran los zorros, de qué tamaño y color. Investigamos el garaje que estaba en un estado precario, las paredes parecían aún sólidas pero el techo se derrumbaría en cualquier momento. Adentro todas las cosas mantenía un balance tenue, teníamos la sensación que si movíamos algo todo se caería…

Las semanas pasaron casi sin darnos cuenta, los zorros ni se asomaban y después de varias noches sin dormir decidimos darnos un descanso.

          Escuchamos el golpe seco de pelota de fútbol en el jardín. No pasó mucho tiempo hasta que sonó el timbre de la puerta de entrada. Abrí la puerta y allí parado había un chico de unos 10 años, quien me pidió que le alcanzara la pelota que estaba en el jardín. Le dije que esperara en la calle y yo le pasaría la pelota por encima de la pared. Cuando me dio la espalda para bajar la escalera, le pregunté —cómo te llamas?.

          —Charlie —dijo sonriendo.

Fui hasta el jardín y encontré la pelota. Del otro lado de la muralla los chicos corrían gritando.

          —Ahí va.

          Enidia buscó en wikipedia información sobre los zorros. Le gustó la idea que los japoneses tienen de los zorros “es una forma poderosa de espíritu animal muy travieso y astuto”, mientras que la de los chinos le pareció desagradable. En la cultura china, “los espíritus de los zorros alejaban a los hombres de sus esposas. La palabra china para “espíritu de zorro” es la misma que designa a la amante en una relación extramarital”. Desde entonces los llaman kitsune.

          —Son como perros que no son perros, aunque pertenecen a la misma familia —me decía.

Dos meses después vimos a los zorros, varias veces, pero no pudimos hacer nada, no tenían miedo, se sentían los dueños de la noche, salían a buscar comida y no se permitían ser distraídos por nada.

          Yo tenía miedo, eran como perros salvajes aunque no eran perros, como dice la wikipedia en el internet. Era hora de poner en marcha nuestro plan. Durante una semana los alimentaríamos, cada día acercaríamos la comida hacia la puerta de entrada del garaje. El objetivo era terminar con ellos encerrados y dejarlos que se mueran de hambre por una semana, cerrar la entrada de su madriguera, dejarlos libres y espantarlos. Colocamos un mecanismo para cerrar la puerta automáticamente. La mantendríamos abierta con un sistema de poleas y sogas, una vez que estuviesen adentro la accionaríamos para que queden atrapados adentro del garaje.

          Quedaban pocos días de los tres meses. La empleada de la agencia se comenzó a inquietar y nos llamaba todos los días para enterarse de lo que estaba pasando. Esa noche nos acomodamos en la ventana del cuarto del primer piso, vimos el zorro más grande salir de la madriguera. Estuvo husmeando el peligro, entró y salió varias veces del garaje para estar seguro, después lo siguió la zorra. Hicieron la misma rutina hasta que parecieron convencidos y toda la familia entró. En ese instante largamos la soga y la puerta se cerró con las bestias adentro del garaje.

           Cuatro días después volamos a nuestro país.  Dejamos los zorros encerrados.

          —No te preocupes le pediré a mi amigo Ismael, que les abra la puerta y los espante.

Mirando por la ventanilla del avión Enidia me dijo —Fui feliz.

Charlie estaba jugando solo como todos los días en la calle. Pateó la pelota de voleo y fue a caer al jardín. Como siempre fue a tocar el timbre de la puerta de entrada. Al no recibir ninguna respuesta decidió subirse al techo del garaje y de ahí saltar al jardín. Una vez en el techo corrió hacia el centro para ubicar la pelota, pero el techo se deshizo bajo sus pies y cayó adentro donde los zorros hacía una semana que estaban encerrados.

Mario Flecha

Los Vendedores de Humo 

 El único objetivo del Turismo es cansarse

 

Todos los domingos por la mañana entro al túnel del tiempo que me lleva al siglo XVII, es decir, al Mercado de Brick Lane, donde los desesperados del este se encuentran con los del oeste. La pobreza de los vendedores compite con la de las mercancías que ofrecen, discos de vinilo imposibles de escu- char, bicicletas destartaladas, revistas amarillas de humedad. El frío les muerde las manos, les quema las narices.

Hay una atmósfera brutalmente triste y sin embargo me atraen como esos vicios incontrolables.

 

No recuerdo quién comparó el mercado de Brick Lane con  un hormiguero, decía – Cuando pateas un hormiguero todas las hormigas huyen despavoridas en todas las direcciones, la gente en los mercados hace siempre lo mismo, se mueven sin rumbo, cruzan las calles en zig zags interminables, guiados por la curiosidad, empujados por el deseo de poseer.

Se acercan a un puesto, levantan algún objeto, piensan que quizás lo necesitan, discuten interminables minutos el precio y lo abandonan sobre las mesas o se meten la mano en los bolsillos buscando el dinero para pagarlo.

 

Este domingo vi entre la multitud a un grupo de turistas, que se me antojó que serían rioplatenses, me acerqué a ellos para escuchar sus voces y comprobar de donde venían. Eran tres parejas de argentinos o uruguayos. Uno de los hombres se estaba quedando relegado, tenía la altura que tienen muchos hombres, ni muy alto ni muy bajo de estructura robusta y con una cara que contradecía la fortaleza que emanaba de sus movimientos, lo vi golpeándose los hombros con hombres de otros continentes, a quienes jamás conocería. Ignorándose mutuamente, juzgándose por la vulgaridad de las apariencias.

            Hacía varias semanas que no sabía nada de lo que estaba pasando en Buenos Aires, no quería que ellos se                                             

enteraran que soy argentino. Seguí al grupo a cierta distancia, tratando de escuchar las conversaciones,pero

pronto entendí que éste era un ejercicio inútil porque en los mercados todo se limita a nombrar poca cosa, mira esto o lo otro, qué lindo o no me gusta.

 

El hombre se dio cuenta que lo estaba siguiendo y comentó  a sus amigos

Este año vengo matando… me siguen las mariposas en cual- quier parte del mundo, –dijo en castellano–.

Los otros dos me miraron, y también se rieron de de mí. Reconocí la picardía porteña. Desilusionado seguí en busca de algo indefinido, a encontrar algún objeto que atrape mi atención y coincida con la limitada capacidad de mis bolsi- llos.

Necesitaba poner en movimiento los deseos de consumir, el placer de discutir el precio, iniciar esos diálogos con desco- nocidos que comienzan con una sonrisa y terminan con un acuerdo.

¿Cuánto quieres por esto?

15 libras

Demasiado esto no vale ni la mitad pero te doy 10 libras.

No, eso es lo que yo pagué, necesito ganar algo, dáme 12 libras.

Bueno.

Mientras me entretenía con mí monólogo, veo caminando hacia mí a Raúl Stori, el Tano. Hacía bastante tiempo que no nos veíamos, y nos abrazamos fraternalmente.

Raúl propuso tomar un café, caminamos juntos un trecho y entramos a la primera cafetería que encontramos, en la esquina de Brick Lane. Nos sentamos para compartir nues- tras naderías, cuando veo entrar a las tres parejas de turistas rioplatenses.

Le conté a Raúl que uno de ellos pensó que yo me había enamorado de él porque los había seguido un trecho en el mercado.

Necesito escuchar esas voces porteñas.

No, – dije de malhumor    

No te preocupes, les digo que sos sordomudo, poné la mejor cara de no entender nada. Sonreí a todo, – dijo gui- ñándome el ojo derecho.

Se levantó y tropezó con la silla donde estaba sentado uno de los hombres.

Se dio vuelta y les dijo – Perdón, en castellano.

El grupo se quedo congelado no atinaban a responderle

¿Son de Buenos Aires?, –preguntó el Tano Stori, tomando una silla y sentándose entre las mujeres y los hombres–.

Sonrío a todas las direcciones mientras hablaba, el grupo había quedado petrificado.

El Tano, magnífico, siguió sin enterarse de nada. Señalándome con el dedo mayor les dijo – Perdón… – manía que había adquirido en Londres, antes de cualquier cosa él largaba un perdón. Es de buena educación, solía decirme cuando yo me burlaba.

Quiero presentarles a mi amigo

Seis pares de ojos se clavaron en mí con un dejo de desespe- ración, ¿y ahora qué? –se preguntarían.

El hombre vanidoso que se había hecho el gracioso momen- tos antes se puso rojo al reconocerme. Se tranquilizó cuando escuchó al Tano que seguía presentándome.

Lamentablemente mi amigo tiene dos problemas que se nombran con una sola palabra: es sordomudo.

Viniendo hacia mí, me levantó del brazo, movió mi silla al lado de la suya y me hizo sentar.

Se llama Nicéforo, Nicéforo Basi. Entiende todo porque no es sordomudo de nacimiento sino que cuando joven su her- mano que estudiaba medicina en Buenos Aires, le hizo una broma macabra, mientras el dormía puso un esqueleto a su lado y cuando se despertó, Nicéforo vio a la muerte. Asustado, gritó de miedo, pero esto fue lo último que dijo. Después se quedó sordomudo del terror.

Pobre –dijeron las tres mujeres mientras los hombres man- tenían un silencio monástico–.

De pronto yo había ganado la simpatía de las polleras mien- tras que los pantalones aún no podían decidir mi sexualidad.

¿Sería un maricón?

¿Por qué los había seguido?

Cuando una de ellas preguntó a Raúl,

Nicéforo es un nombre raro, ¿De dónde viene?

Su abuelo era admirador de Leandro Alem, el fundador del Partido Radical.

     – ¿Entonces?

Alem se llamaba Leandro Nicéforo Alem, el Nono conven- ció a su hija para que llame a su hijo Nicéforo, en homenaje a ese ilustre argentino.

Ella insistió – Pero tu amigo… ¿qué hace?

Raúl, diestro para la mentira contestó – Nosotros somos ven- dedores de humo.

¿Qué es eso?

Hacemos fuegos.

Yo me mantenía serio reprimiendo las carcajadas.

Somos vendedores de humo. Repitió.

Nos miraron en silencio buscando respuestas a sus dudas, tratando de imaginar quienes éramos, qué queríamos, esta- ban esperando algún indicio que les permitiese saber de qué la íbamos.

Una de las mujeres simpatizó con nuestra desfachatez, – Un sordomudo y un charlatán trabajando de vendedores de humo, dijo con una sonrisa burlona.

Acariciándose la mano derecha con su mano izquierda, como si estuviera dispuesta a cortarnos a pedazos con algún bistu- rí mágico entre sus dedos nos preguntó,

¿Cómo se comunican?

No nos comunicamos, yo hablo y el trabaja ignorándome. A veces tratamos de dialogar con gestos, también lee mis labios, otras nos escribimos mensajes.

Mi estómago se estaba retorciendo del dolor que me produ- cía contenerme a tanto disparate.

Los hombres seguían esperando una apertura, algo que nos acercara, algún indicio que denunciara nuestras simpatías, desde fútbol a Freud, qué pensábamos de la última ola de crí- menes entre los jóvenes adolescentes en Gran Bretaña o los crímenes del canalla ese de Blair.

El Tano continuaba el delirio en el que me había metido, ocupándose de parecer lo más posible a nada.

¿Qué es eso de vender humo?, se animaron a preguntarnos. Transformamos madera en carbón, prendemos fuego a la madera, quemamos la parte exterior y lo dejamos encendi- do. Lentamente, se va consumiendo hacia el centro. Esto produce mucho humo, entonces lo ponemos debajo de pescados que están colgados entre dos postes unidos por soga como si fueran calcetines, el calor del humo los cuece y ahuma al mismo tiempo.

A veces usamos el sistema finlandés porque es mucho más rápido, cocinamos los pescados dentro de un barril de metal. Prendemos fuego de leña debajo del barril y cuando está a una temperatura bien alta agregamos agua, aserrín, azúcar y fresas, el humo que se produce dentro del barril cocina el pescado.

Le sacudí el brazo al Tano, pretendiendo que necesitaba explicaciones, empezó a gesticular con las manos como si se estaría comunicando en nuestro peculiar idioma, yo me negué a entender moviendo mi cabeza desconcertado, el Tano furioso saco un lápiz y un papel de su valija y comenzó a escribir.

Me pasó el papel y pude leer: Callate hijo de puta.

Le contesté en el mismo papel: Si estoy lo mas callado que he estado en toda mi vida.

De alguna manera los hombres comenzaron a distenderse, a tener confianza en que éramos un par de desgraciados anclados en Londres. La historia del pescado ahumado los había alucinado, perdieron el temor que el Tano les había infundi- do y se lanzaron a decir pavadas.

Desde qué alto es el Big Ben hasta cuantas putas tiene Picadilly Circus.

De pronto todos se reían menos yo.

Tú amigo, ¿es puto? –se animó a preguntar uno de los hom- bres–.

Que yo sepa no, ¿por qué me pregunta eso? ¿Es usted puto?

–dijo el Tano pretendiendo estar enfadado.

 

Las mujeres se rieron a medida que el hombre se paraba con la intención de darnos lecciones de violencia, los otros dos lo agarraron de los brazos tratando de calmarlo.

Che, pará que estamos en Londres.

Yo estaba dispuesto a salir corriendo, pero el Tano que se estaba divirtiendo como loco insistió.

No me gusta que ofendan a un discapacitado indefenso,

¿por qué me lo pregunta?

Te lo pregunto, porque me estuvo siguiendo en el mercado.

¿Qué? ¿Le tocó el culo o el pito?

No me tocó nada

Entonces, ¿qué?

No sé, me pareció que quería algo más que caminar atrás mío.

¿Hubiese sido bueno para su ego?

El hombre transpiraba mientras contenía los deseos de terminar esto a las trompadas. El Tano cambió de conversación, dirigiéndose a una de las tres mujeres

Tu nombre es, dejame pensar un minuto dijo mientras se refregaba la frente con ambas manos para ayudarse a pensar.

Bettina.

Ella se sonrojo.

Sí, es mi nombre. ¿Cómo lo sabe?. –dijo ella desconcerta- da–.

No sé, esa manera de sentarse con las piernas cruzadas. Los tres hombres perdieron la paciencia, el Tano compren- dió que tanta intimidad molestaba.

¿Qué quieren?

Nada, quería escuchar voces rioplatenses, preguntarles sobre mi Buenos Aires querido.

Los hombres respiraron mientras ellas se rendían a la seducción del Tano. Era hora de irse.

El Tano me agarró del brazo y levantándome les dijo:

Bueno, nos vamos, si necesitan algo aquí está mí teléfono, pasándoles un papel donde había escrito un número cualquiera.

Yo saludé a lo japonés, nos fuimos lentamente hasta la salida del café y una vez en la calle, salimos corriendo. Los tres hombres se levantaron y comenzaron a perseguirnos al doblar la esquina de Princelet Road, el Tano se paró a enfrentar a esos tipos.

Jadeando les preguntó – ¿Qué les pasa, por qué nos siguen, acaso están desesperados?

Antes que pudiese terminar, uno de ellos lo agarró del cuello mientras que los otros dos se tiraron encima mío.

El Tano sin aliento les pregunta – ¿Qué mierda les pasa?

Devuelvan lo que nos afanaron o los reventamos.

A nosotros no nos engañan, pendejos hijos de puta.

¿Afanar?

Sí. ¿Qué nos afanaron?

Nosotros.

Las tres mujeres venían caminando.

        –¿Qué hacen? –gritaban–.

Estos ladrones nos robaron.

¿Qué? Preguntaron las tres al mismo tiempo.

No sabemos, pero estoy seguro que corrieron porque nos robaron.

La gente comenzó a juntarse alrededor nuestro, sin entender qué estaba ocurriendo, murmuraban hipótesis extraordina- rias.

Escuché a alguien acusándonos del crimen de ser extranje- ros.

Las mujeres gritándoles a los hombres que nos dejen tran- quilos, que no habíamos hecho nada.

Sabía que te habían gustado estos guachitos. Le recriminó uno de ellos a Bettina.

Junté fuerzas y me saqué a los tipos de encima, le di un empujón al que estaba sujetando al Tano y se liberó.

Mientras nosotros nos acomodábamos la ropa desprolijada por la acción incomprensible de los turistas, ellos buscaron en los bolsillos, en las carteras, en las bolsas, en las bolsitas, las cámaras digitales, el dinero, las tarjetas de créditos, las de débitos, tenían todo, nos les faltaba nada.

La gente que nos había rodeado, adivinaron que era todo un mal entendido, que el incidente tendría un final feliz, hasta que finalmente se dispersaron aplaudiendo.

El grupo de turistas rioplatenses nos pedía disculpas. Teníamos que entender que nadie corre sin razón, que en Buenos Aires sólo corren los ladrones y que cuando vieron con qué rapidez queríamos irnos eso indicaba una sola cosa: que les habíamos robado.

Se equivocaron, pero ya que nos dieron la idea no los desilusionaremos –dije con bronca.

Los seis casi gritan – ¡Milagro! pero la sorpresa que les causó mi voz los confundió. Extendí dos dedos de la mano pretendiendo que eran el caño de un revólver como cuando éramos chicos, apoyándolo en la frente de uno de los hombres le dije: – Sacate los mocasines.

El obedeció, el Tano los levantó y los tiró en la alcantarilla.

Chau, –dijo Raúl– y nos fuimos.

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